Si tomáramos como referencia una telaraña y saltáramos en el centro o en algún extremo de la misma, nuestros movimientos y acciones se verían reflejados en toda ella como una onda expansiva que va y vuelve desde su punto de origen hasta que la energía se propaga y se disipa. De igual manera si uno de nuestros movimientos fuese muy brusco, podría generar que uno de los tantos hilos de esa red se rompa, debilitándola y como reflejo de esta acción, la onda que vuelve habiendo sido reflejada en los extremos se vería afectada por la falta de este hilo y además de cambiar el curso de la energía que la red venía sosteniendo, podría llegar a debilitarla aún más.

Hipotéticamente si continuáramos con ese tipo de movimientos bruscos durante cierta cantidad de tiempo, generaríamos una especie de catástrofe que desembocaría en arruinar la telaraña, quedando muy pocos hilos que la sostengan y por último, luego de un esfuerzo inconmensurable, la red caería vencida.

Ahora volvamos a la realidad e intentemos, luego de haber imaginado la situación completa en nuestra mente,  trazar la conexión que hay entre la vida de los músicos y su comunidad de trabajo con la telaraña del comienzo.

Cada vez que un músico, tanto profesional como amateur,  acepta un trato de trabajo que no solo no es justo, si no denigrante y abusivo, regalando su trabajo, está cortando un hilo de nuestra red que nunca más volverá a estar, o tardara muchos años en volver a tejerse.

Cada vez que un músico acepta tocar a la gorra (o al sobre), pagar para tocar, toca a cambio de comida y bebida con la excusa de promoción,  rebaja su precio hasta límites irreales para tomar ese trabajo, piratea el disco de algún músico al cual podría comprárselo, pregunta por entradas gratis en el concierto de un músico amigo, entre incontables situaciones más que pueden llegar a ocurrir, está cortando un hilo.

Ahora, seamos realistas. Los músicos necesitamos tocar en vivo como medio de expresión y medio de sustento económico, pero siendo aún más realistas y hasta quizá un poco pesimista, a nadie le importa (menos a un bolichero) si uno toca en vivo 1, 1000 o ninguna vez por mes, y es algo que los músicos hacemos por las razones que cite anteriormente y además, para satisfacer nuestro ego insaciable que pretende hacernos creer que somos más importantes de lo que realmente somos.

Siguiendo en la gama realista, en Argentina (el país donde resido) la mayoría de las escuelas de música, sino todas, no enseñan el negocio de la música y como un músico debe desenvolverse en el ambiente. Lastimosamente aprendemos a los golpes.

En algún momento y debido a esta falta de aprendizaje, los músicos (quizá) cometemos el error de llegar a pensar que por  ser Artistas, la sociedad “nos debe” y exigimos el poder expresarnos, cuando en realidad esto es algo ficticio, ya que el espacio que ocupa un músico, socialmente puede ser reemplazado por el que a posterior venga; o al menos eso nos hace creer la era Capitalista en la que vivimos, en la que todos somos un producto desechable.

Con esta hipótesis un poco dura he vuelto a pensar que hay una parte de la profesión (negocio de la música) que es verdaderamente un negocio y como artistas debiéramos al menos intentar aprender las reglas del juego, si es que nos interesa en algún momento estar en ese lugar.

Una muy básica: cuando se toca en vivo el público que asista al show depende utópicamente de ambas partes; el bolichero y el/ los músicos. Aunque en mayor medida el músico es el que termina generando la mayor cantidad de audiencia gracias a invitaciones, fans y todo el trabajo que viene sosteniendo durante años, meses, etc… Un músico que no trabaja para promover su arte, es un músico que no entiende aun cómo funciona el negocio de la música.

De esta manera desembocamos nuevamente en la idea que desarrolle al comienzo y anexo que la música como profesión, su negocio y entorno, de por si es algo difícil de sobrellevar (nunca imposible) y demanda demasiado esfuerzo y trabajo, como para que encima de todo esto que tenemos que llevar en nuestras espaldas a diario, nos perjudiquemos entre nosotros mismos.

En la música las reglas del juego están en constante desarrollo y cambio. En la actualidad contamos con innumerables herramientas de trabajo que ayudan a que nuestro arte no dependa de: si un Diario/ Revista publica nuestro concierto; o de si un Sello Discográfico edita nuestro Disco; o de si un Boliche nos da la “oportunidad” de tocar.

Internet es el medio masivo con mayor intensidad para comunicarnos y trabajar.

Un breve comentario para ir cerrando la intención de este Post; tocar con la “Pablo Elorza Orquesta” no es algo fácil de llevar a cabo. Hay muchas personas involucradas en el proyecto y siempre intento generar el mejor trato artístico/ económico posible para que todos estemos contentos.

Durante los 4 años que he venido sosteniendo este proyecto he tenido muchas ofertas para tocar en vivo, desde Festivales de Jazz de renombre hasta lugares donde usualmente se toca; la gran mayoría ofreciéndome tratos abusivos que iban desde tocar gratis para promocionarme, pasando por 50/50 en el trato de entradas, hasta pagar para ir a tocar.

En todas estas “oportunidades” he dicho que no, prefiriendo no tocar antes de dejar que se abusaran. Sin embargo y a pesar de haber dicho que no a estas situaciones, no he dejado de tocar en vivo, ni he pasado hambre, ni he dejado de hacer lo que amo y he elegido como profesión.

El cambio lo genera cada músico/ artista desde sus actos, y esa es una manera valida de contagiar al resto para que con el tiempo, generar una telaraña más fuerte no sea una utopía, sino una realidad.

Paz.

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